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01 · El comienzo en Valhalla

Valhalla Box: mucho más que un lugar para entrenar

Mi experiencia en Valhalla Box, en Las Gabias: entrenamiento híbrido, compañerismo y nuevos retos a los 55 años.

Por Uve · Publicado el

Interior de Valhalla Box con el logotipo del box y una frase sobre el entrenamiento firmada por @JOTASOLERA
Valhalla Box, Las Gabias. Imagen aportada por Uve; firma @JOTASOLERA. Reproducción autorizada.

Mi primera clase en Valhalla Box fue a las nueve de la noche. Una hora a la que normalmente no entreno, aunque eso era lo de menos.

Me habían ofrecido una clase de prueba y allí me presenté, dispuesto a descubrir qué era aquello del entrenamiento híbrido.

Lo que no sabía era que aquel día tocaba un simulacro de HYROX.

«Has elegido el peor día para una clase de prueba», me dijeron.

Y puede que tuvieran razón.

Nunca había hecho un burpee. Aquella noche hice cincuenta, compartidos con un compañero.

Terminé reventado. Y me apunté.

Hay decisiones que necesitan tiempo y reflexión. Esta la tomé cuando todavía estaba intentando recuperar el aliento.

De correr por mi cuenta a entrar en un box de CrossFit

Siempre he sido corredor. Correr llevaba muchos años formando parte de mi vida, aunque últimamente lo hacía sin demasiado orden. De vez en cuando nadaba y, desde hacía aproximadamente un año, también practicaba entrenamiento funcional dos o tres días por semana. Por entonces llevaba, además, el ayuno intermitente a fuego.

No estaba empezando a hacer deporte a los 55. Lo que ocurría era que aquel entrenamiento funcional empezaba a quedárseme corto. Tenía ganas de algo distinto, de nuevos estímulos.

Me llamaban la atención el entrenamiento híbrido y sus competiciones: correr, trabajar la fuerza, enlazar estaciones y descubrir si uno es capaz de hacer todo eso seguido sin perder demasiada dignidad por el camino.

Había oído hablar de Valhalla a personas que entrenaban allí y decidí acercarme.

Y eso que yo era de los que miraban los boxes de CrossFit con cierto recelo. Había escuchado tantas cosas sobre ellos que tenía mis reservas. Curiosamente, muchas de aquellas opiniones venían de personas que sabían de CrossFit aproximadamente lo mismo que yo.

Es decir, bastante poco.

Así que hice algo revolucionario: fui, probé y saqué mis propias conclusiones.

Cincuenta burpees para abrir boca

La clase de prueba era un simulacro de HYROX. No parecía la forma más tranquila de conocer un sitio nuevo, pero ya estaba allí.

Compartí el entrenamiento con un compañero que me ayudó muchísimo y no dejó de animarme. No he vuelto a coincidir con él; supongo que será cosa de horarios, porque aquella clase fue a las nueve de la noche y no suelo entrenar tan tarde.

Pero su ayuda no se me ha olvidado.

Tampoco los burpees.

Hasta entonces no había hecho ninguno. Descubrí que consiste en bajar al suelo, levantarte y repetir, mientras intentas comprender qué le hiciste al inventor del ejercicio para merecer semejante castigo.

Por fortuna también había carrera en el WOD.

Ahí sí me defendía dignamente. Entre tanto movimiento nuevo, agradecí encontrar algo que conocía.

Terminé agotado, pero satisfecho de haber aguantado. El coach me dijo que lo había hecho mejor de lo que yo mismo pensaba. Y, sinceramente, creo que lo decía en serio.

Me habían ofrecido una clase de prueba. Salí de allí sabiendo que quería volver.

Las primeras clases: la muerte a pellizcos

Si tengo que describir aquellos primeros entrenamientos con una expresión, lo tengo claro:

La muerte a pellizcos.

No era un único esfuerzo terrible. Era una sucesión de ejercicios que, organizados con bastante talento por los coaches, terminaban dejándome para el arrastre.

Y, sin embargo, los disfrutaba. Los sigo disfrutando cada vez más.

Pronto quedaron claras mis asignaturas pendientes: los burpees, los wall balls y prácticamente cualquier cosa que exigiera una movilidad decente de cadera o tobillo.

O sea, casi todo.

Con la carrera me defendía algo mejor, pero aquel mundo tenía mucho que enseñarme. Y yo cada vez tenía más ganas de aprender.

Trineo con discos de peso sobre césped artificial en Valhalla Box
El trineo del box. Imagen aportada por Uve.

El ego se queda en la puerta. En teoría.

Hay algo que conviene llevar aprendido a un box de CrossFit: el ego debe quedarse fuera.

Lo dejas en la puerta, lo mandas a darse una vuelta por Gabia Chica y entras a entrenar tranquilamente.

La teoría la conozco perfectamente.

La práctica es otra historia.

Porque estás haciendo un ejercicio, miras de reojo y ves a alguien a tu lado levantando más peso. Sabes que esa persona puede llevar años entrenando. Sabes que tienes que adaptar las cargas a tus capacidades. Sabes que no tienes nada que demostrar.

Lo sabes todo.

Y, aun así, aparece esa vocecita que te dice: «Tampoco voy a ser yo menos».

Y te sorprendes pensando en poner los mismos kilos. O alguno más, ya puestos.

El problema no es saber que hay que dejar el ego en la puerta. Es conseguir que se quede fuera durante todo el entrenamiento.

Porque el mío, por mucho que lo mande a pasear, siempre encuentra el camino de vuelta.

Las mujeres de Valhalla me dejaron alucinado

Otra de las sorpresas fue ver el nivel de muchas compañeras.

Venía de un entorno de entrenamiento en el que no estaba acostumbrado a ver mujeres haciendo dominadas. En Valhalla me encontré con compañeras moviendo cargas importantes, haciendo dominadas y ejecutando bar muscle-ups que me dejaban con la boca abierta.

¡Qué bestias entrenando!

Lo digo desde la admiración más absoluta.

También me sorprendió la cantidad de mujeres que había en las clases y entrenando por libre. Algunos días incluso eran más que los hombres.

Todo aquello me ayudó a desmontar prejuicios sobre cómo podía ser un box de CrossFit. Al final, las barras no entienden de las ideas preconcebidas con las que uno entra por la puerta.

Hay compañeros de los que intento escapar

En muchas clases hacemos WOD por parejas. Y lo normal es que me toque con alguien al menos veinte años más joven.

Eso tiene ventajas: me exige y me hace mejorar.

También tiene algún pequeño inconveniente. Por ejemplo, que a veces me llevan a cuchillo.

Hace poco llegó un compañero nuevo. Creo que coincidimos en su primer día y, corriendo, me llevó a muerte. Desde entonces hemos compartido varios entrenamientos y he desarrollado una estrategia defensiva bastante clara.

Con ese no me pongo.

Lo digo en voz alta, por supuesto en broma: «¡Que no, que con este no me pongo, que me lleva a jopo!».

Él lo entiende y los coaches también. Especialmente una de las coaches, que es una crack y sabe perfectamente cómo pincharme para que entre al trapo.

Y ahí estoy yo, otra vez, intentando seguir a gente que tiene veinte años menos. A ratos rabio; a ratos disfruto. Casi siempre las dos cosas.

Lo importante es que no siento una rivalidad desagradable. Mis compañeros no van a demostrar que pueden más que yo: entrenamos juntos, nos ayudamos y, si toca sufrir, sufrimos en compañía.

Lo mejor de Valhalla no se mide en kilos

Llegué buscando entrenamientos más exigentes. Lo que no esperaba era encontrar aquel ambiente.

Los coaches ayudan, corrigen y animan. Los compañeros se apoyan, tengan la edad o el nivel que tengan. Cuando alguien sigue terminando un ejercicio, los demás lo animan. No se va nadie hasta que acaba el último y se recoge el material.

Puede parecer una tontería, pero para mí dice mucho de la forma de entender el deporte.

Ese compañerismo convive con entrenamientos durísimos y con compañeros que te llevan a jopo. Y quizá por eso me gusta tanto: la exigencia no impide que haya buen ambiente.

Compartir clases con gente más joven me da un chute de vitalidad tremendo. Hablan de sus próximas competiciones, de las pruebas que quieren hacer, de nuevos retos. Yo los escucho y, claro, empiezo a planteármelos también.

Aquí no se trata de aparentar que tengo veinte años. Se trata de que, cuando entrenamos juntos, durante un rato se me olvida que tengo 55.

Hasta que aparece mi propio cuerpo y me dice:

«Amigo, que ya no eres un veinteañero».

Y tiene razón. Necesito dosificar, recuperar y aprender a elegir cargas y esfuerzos que me permitan seguir progresando. Una cosa es dejarme contagiar por las ganas de entrenar y otra olvidarme de que también necesito recuperar.

Fui a probar una clase. Me quedé por todo lo demás.

Desde que llegué a Valhalla he descubierto ejercicios que no conocía, otros que todavía se me resisten, compañeros de los que huyo en tono jocoso y coaches que saben ayudarme y también pincharme cuando hace falta.

Pero, sobre todo, he descubierto un sitio del que salgo físicamente cansado y con una energía brutal. Me siento vivo, con ganas, con curiosidad por aprender y con ilusión por el siguiente entrenamiento.

Esa curiosidad por las competiciones híbridas fue creciendo allí, escuchando a los compañeros, entrenando y participando en simulacros. Hasta que acabé apuntándome a mi primera AthlonX, en Córdoba.

Valhalla fue el comienzo. Córdoba llegó después. Y lo que vino a continuación terminó de engancharme a este mundo.

Por eso, cuando digo que Valhalla Box es mucho más que un lugar para entrenar, no estoy hablando solo de las instalaciones ni de los WOD. Hablo de las personas, de las ganas de mejorar y de lo bien que me sienta formar parte de aquello.

Y sigo teniendo una tarea pendiente.

Dejar el ego en la puerta.

Aunque sospecho que el mío ya conoce perfectamente el camino de vuelta desde Gabia Chica.


Si quieres saber cómo aquel interés por competir terminó poniéndome un dorsal, puedes leer mi primera AthlonX en Córdoba: un trineo imposible, seis minutos de penalización y un primer puesto inesperado.