Salí de la ducha, miré la clasificación y allí estaba: primero en mi grupo de edad.
Un rato antes había sido incapaz de contar correctamente las vueltas que llevaba. La misma persona. La misma competición.
Entre una cosa y otra hubo un trineo que parecía anclado al suelo, una carga de 100 libras, un balón que me saludó en toda la cara y seis minutos de penalización.
Aquello ocurrió el 13 de junio de 2026, en AthlonX Córdoba, mi primera competición híbrida.
El podio sale estupendamente en la fotografía. Lo que pasó antes merece unas cuantas explicaciones.
De Valhalla a mi primera competición híbrida
En marzo de 2026 empecé a entrenar en Valhalla Box, en Las Gabias, principalmente en las clases de HYROX.
Venía de practicar running y otros entrenamientos, pero aquella combinación de carrera, fuerza y resistencia tenía algo que me atraía especialmente.
La modalidad Open de AthlonX me recordaba a los simulacros de HYROX que hacíamos en el box. Así que me apunté a Córdoba para descubrir cómo era aquello de competir de verdad.
Llevaba unos tres meses entrenando allí. Me veía razonablemente preparado.
Lo de razonablemente es importante. La competición se encargaría de explicarme que mi razonamiento tenía algunas lagunas.
Los días previos aparecieron unos nervios que conocía de mi antigua etapa como corredor: incertidumbre, ilusión y ganas de que llegara el momento.
Preparé mi carga de hidratos, organicé todo lo necesario y me presenté en Córdoba dispuesto a disfrutar de la experiencia.
La preparación previa había salido bastante bien. La preparación física, por lo visto, todavía tenía algunas cuestiones pendientes.
Diez tramos de carrera y diez estaciones. Sobre el papel, todo controlado
Para quien no conozca AthlonX, el formato anunciado en Córdoba era sencillo de explicar: diez tramos de 400 metros de carrera, cada uno seguido de una estación de ejercicios. En total, cuatro kilómetros de carrera previstos, además del trabajo de fuerza y resistencia.
Remo, SkiErg, bicicleta, trineos, transporte de cargas, wall balls y otros ejercicios que, por separado, pueden parecer bastante razonables.
El problema llega cuando hay que encadenarlos todos.
Mi idea era salir controlado y guardar fuerzas para lo que viniera después. Los primeros ergómetros fueron bien y, durante un rato, mi planificación y yo nos llevamos estupendamente.
Hasta que apareció el trineo.
Tiré del trineo. El trineo tiró de mí.
En Valhalla había llegado a trabajar el sled push con 200 kilos y el sled pull con 150. Según recuerdo, en Córdoba las cargas de los trineos no llegaban a los 100 kilos.
Así que no esperaba demasiados problemas. Error.
Cogí la cuerda, me dispuse a tirar… y el trineo tiró de mí.
No me lo podía creer.
Volví a intentarlo. Aquello apenas se movía. El césped me parecía papel de lija y el trineo daba la impresión de tener escritura de propiedad sobre el suelo.
Después tocó empujarlo. Si tirar había sido complicado, el sled push fue desesperante: parecía que, en vez de avanzar, el trineo iba hacia atrás.
Tuve que detenerme muchas veces. Apreté los dientes, le eché cojones y seguí empujando. Pero cada intento me costaba una barbaridad.
Mientras tanto, la frecuencia cardíaca no dejaba de subir. Había ido mirando el pulso en el reloj durante la carrera, hasta que llegó un momento en que lo vi tan alto que dejé de consultarlo. Tenía la sensación de que aquello ya no iba a bajar ni a mejorar.
El trineo me había dado un puñetazo al hígado.
Como el golpe que un boxeador encaja y le deja sin aire. A mí estuvo a punto de noquearme.
Terminé aquella estación como pude. Tocaba volver a correr.
¿Correr?
Las piernas no tenían fuerzas. Intentaba arrancar, pero aquello que estaba haciendo se parecía bastante poco a correr. El trineo no solo me había dejado sin aire: me había destrozado las piernas y buena parte de las expectativas con las que había llegado a Córdoba.
Ahí terminó mi plan inicial. Lo que quedaba ya no iba a ser una carrera como la había imaginado.
A partir de ahí, supervivencia
Después del trineo dejé de pensar en ritmos y resultados. Mi único objetivo era seguir avanzando y terminar.
Recuerdo perfectamente lo que pensé:
«De aquí salgo por mis propios medios o en camilla».
No lo cuento como ejemplo de sensatez deportiva, sino porque fue exactamente lo que me pasó por la cabeza. Hoy sé que competir con cabeza también significa reconocer cuándo hay que parar. Pero aquel día, metido en el esfuerzo, mi cabeza iba por otro lado.
Luego llegaron los 100 metros transportando una carga de 100 libras, unos 45,36 kilos.
Cien metros no son nada cuando los recorres paseando. Con aquella carga y las piernas como las llevaba, parecían no terminar nunca.
También apareció el Pig Flip, un artefacto que no había visto en mi vida. Conocer material nuevo está muy bien. Hacer las presentaciones cuando ya vas sufriendo reduce bastante el entusiasmo por la innovación.
Y todavía faltaban los wall balls.
Un balón de nueve kilos y una bienvenida en toda la cara
Llegué a los 50 wall balls con un balón de nueve kilos. Hice la primera repetición y, al bajar, el balón me golpeó en toda la cara.
Un comienzo muy fino. De esos que no suelen aparecer en los vídeos promocionales.
Las cincuenta repeticiones se hicieron interminables. Yo intentaba completar cada ejercicio como podía, mientras el cansancio empezaba a afectar también a algo que no había entrenado demasiado: la capacidad de contar.
Dos vueltas olvidadas y seis minutos de penalización
Durante la competición dejé dos vueltas de carrera sin completar, en total. Me bloqueé, perdí la cuenta y entré antes de tiempo en las estaciones.
No fue una estrategia. Fue un error mío.
La penalización: seis minutos.
Calculaba que cada vuelta me estaba llevando unos cuarenta segundos. Así que el despiste salió caro. La aritmética que no me funcionaba corriendo se entendía perfectamente al conocer la sanción.
Y todavía estuve a punto de saltarme una tercera vuelta en otro tramo. Mi mujer me avisó de que me faltaba una y pude completarla.
Aquel día, además de acompañarme, mi mujer hizo de memoria externa. Y menos mal, porque la mía había dejado de prestar servicio.
No quiero esconder esta parte. Si enseño la foto del primer puesto y oculto las vueltas que me salté, la historia queda más bonita, pero deja de ser mi historia.
«Me veas como me veas, tú no te asustes»
Antes de empezar le había dicho a mi mujer:
«Me veas como me veas, tú no te asustes».
Una frase estupenda para tranquilizar a alguien. Sobre todo cuando luego me vio en el estado en que terminé.
Mi mujer y mi hija pasaron miedo. Me veían la cara, veían cómo me costaba continuar y entre ellas se decían:
«No va a poder terminar. Se retira».
Y no me extraña. Yo sabía lo que estaba sintiendo; ellas solo podían verme sufrir desde fuera.
Conseguí terminar y, al poco rato, me vieron recuperarme. Pero el susto seguía ahí. Lo comprobaría durante la comida posterior.
Antes, sin embargo, aún faltaba una sorpresa.
Primero en mi grupo de edad. ¿Cómo?
Después de terminar, me fui a duchar. Salí, consulté la clasificación y me quedé mirando la pantalla.
Primero en mi grupo de edad.
¿Primero? ¿Después de todo aquello?
La alegría fue enorme. También la sorpresa, la incredulidad y un orgullo difícil de explicar.
Se lo conté enseguida a mi mujer y a mi hija. Se alegraron muchísimo, aunque seguían impresionadas por el mal rato que habían pasado.
No había hecho una carrera redonda, ni mucho menos. El trineo me había puesto en mi sitio, me había costado horrores seguir corriendo, había perdido dos vueltas y acumulado seis minutos de penalización.
Pero había terminado mi primera competición híbrida y había quedado primero en mi grupo de edad, con 55 años.
No voy a exagerar lo que significa deportivamente ese puesto. Tampoco pienso restarle valor: fue una alegría grandísima y me sentí muy orgulloso de haberlo conseguido.
Y qué queréis que os diga: después de aquella mañana, tampoco iba a ponerme a discutir con la clasificación.
Nos fuimos a comer antes de la entrega de trofeos. Mi mujer y mi hija seguían comentando la cara que había llevado, el miedo que habían pasado y lo convencidas que estaban de que me retiraría.
También dejaron caer que no volverían a acompañarme para verme sufrir de aquella manera.
Yo acababa de descubrir una pasión nueva. Ellas estaban valorando seriamente darse de baja como público asistente.
Tendré que mejorar la preparación física y, por lo visto, también las relaciones públicas.
Lo que Córdoba me enseñó
Aquella AthlonX me dejó unas cuantas lecciones bastante claras.
La primera: estaba peor preparado para una competición completa de lo que creía. La segunda: mover más kilos en el box no garantiza que un trineo vaya a comportarse igual en otra superficie. La tercera: conocer los ejercicios antes de competir ayuda bastante, especialmente cuando uno de ellos es un artefacto llamado Pig Flip.
Y la cuarta, por supuesto: contar vueltas cuando vas agotado merece su propio entrenamiento.
Pero hubo un aprendizaje que pesó más que todos los demás. No quiero limitarme a terminar carreras a base de pundonor. Quiero prepararme para rendir bien.
Tengo 55 años. No pretendo entrenar como si tuviera 25, pero tampoco quiero conformarme con hacer ejercicio únicamente para mantenerme.
Quiero rendir. Quiero mejorar. Quiero competir.
Y quiero hacerlo durante muchos años. Eso exige tomarse en serio no solo la intensidad, sino también la recuperación, la adaptación de las cargas y los límites de cada momento.
El día que me inocularon el veneno de las competiciones híbridas
Porque lo más curioso de todo es lo que pasó después.
A Córdoba fui para probar una competición híbrida. Salí de allí queriendo preparar la siguiente. Y la siguiente.
A pesar del sufrimiento, los errores y el susto que se llevaron mi mujer y mi hija, de Córdoba salí inoculado con el veneno de las competiciones híbridas.
Y, por lo visto, no tiene antídoto.
Desde entonces me he enganchado al entrenamiento híbrido de una manera que ni yo mismo imaginaba. Me atrae esa combinación de carrera, fuerza y resistencia. Me gusta entrenar para mejorar, competir para ponerme a prueba y aprender de lo que sale bien y de lo que sale francamente mal.
Ahora forma parte de mi filosofía de vida. Y lo pregono a los cuatro vientos.
Quiero entrenar bien, con criterio y adaptándome a mi edad, para rendir lo mejor posible en las pruebas híbridas en las que participe. Mi gran objetivo actual es debutar en un HYROX oficial, que espero poder disputar en Málaga en 2027.
Pero ViveConUve no termina en HYROX Málaga. Ni en una medalla, ni en una carrera, ni en una marca personal. Habrá nuevos retos, otras competiciones y, espero, muchos años para seguir aprendiendo.
Porque aquel 13 de junio fui a Córdoba para descubrir cómo era una competición híbrida.
Volví con un primer puesto, seis minutos de penalización, una buena cura de humildad y una pasión nueva que no ha hecho más que crecer.
Y con algo que todavía tengo que mejorar.
Contar todas las vueltas. Todas.
